El “faro”
El viaje en mitad de la noche había sido toda una sorpresa, ella estaba resplandeciente con su vaporoso vestido blanco y su hermoso collar de cuero.
Durante más de una hora condujeron por carreteras que serpenteaban la costa sin apenas intercambiar palabras, tan sólo el roce de su mano de tanto en cuanto y su mirada profunda y serena que conseguía hacer que el tiempo se parara.
Avanzaron por un camino de tierra y llegaron a las cercanías de un acantilado, reconoció el lugar en cuanto él apagó el motor.
“Deja el vestido en el coche y sal” le dijo mientras salía del vehículo y rebuscaba en el maletero del coche.
El viento de la noche erizaba su piel desnuda, percibía el sonido de las olas y también el olor del mar, su pies descalzos notaban el rocío sobre la hierba.
Llegó a su lado con una gran bolsa y empezó a sacar de su interior utensilios que ella conocía muy bien.
Se colocó tal como él le indicó, las manos entrelazadas tras la nuca, los codos separados y alineados con sus orejas, las piernas separadas.
Enseguida notó el frío metálico de las pinzas que mordían sus labios vaginales, el viento hacia balancearse la cadena que las unía. Luego fueron sus pezones los que se vieron aprisionados por las pinzas de la percha, el peso de ésta estiraba sus pechos hacia el suelo hasta que una cadena unió la percha a la anilla de su collar haciendo que sus pezones permanecieran firmes y apuntando al frente.
Ya no era el frescor de la noche lo que erizaba su piel, ni tampoco era rocío la humedad que comenzaba a nacer entre sus piernas.
La condujo de la mano a las proximidades del acantilado, su corazón latía desbocado.
Le indicó que colocara sus extremidades como si estuviera atada a la cruz de San Andrés, y así lo hizo.
Cogió un farolillo con una vela y lo colgó de la cadena que pendía de su sexo, tomó un farol mayor y lo colgó de la percha que apresaba sus pezones. Encendió las velas y se alejó unos metros de ella.
Enseguida escuchó los múltiples “clic” de la cámara fotográfica.
Tras cientos de fotos volvió a su lado, la besó en la mejilla y le susurró al oído “tú eres mi faro”. Lágrimas de emoción y alegría surcaban su rostro mientras él retiraba las pinzas.
Durante más de una hora condujeron por carreteras que serpenteaban la costa sin apenas intercambiar palabras, tan sólo el roce de su mano de tanto en cuanto y su mirada profunda y serena que conseguía hacer que el tiempo se parara.
Avanzaron por un camino de tierra y llegaron a las cercanías de un acantilado, reconoció el lugar en cuanto él apagó el motor.
“Deja el vestido en el coche y sal” le dijo mientras salía del vehículo y rebuscaba en el maletero del coche.
El viento de la noche erizaba su piel desnuda, percibía el sonido de las olas y también el olor del mar, su pies descalzos notaban el rocío sobre la hierba.
Llegó a su lado con una gran bolsa y empezó a sacar de su interior utensilios que ella conocía muy bien.
Se colocó tal como él le indicó, las manos entrelazadas tras la nuca, los codos separados y alineados con sus orejas, las piernas separadas.
Enseguida notó el frío metálico de las pinzas que mordían sus labios vaginales, el viento hacia balancearse la cadena que las unía. Luego fueron sus pezones los que se vieron aprisionados por las pinzas de la percha, el peso de ésta estiraba sus pechos hacia el suelo hasta que una cadena unió la percha a la anilla de su collar haciendo que sus pezones permanecieran firmes y apuntando al frente.
Ya no era el frescor de la noche lo que erizaba su piel, ni tampoco era rocío la humedad que comenzaba a nacer entre sus piernas.
La condujo de la mano a las proximidades del acantilado, su corazón latía desbocado.
Le indicó que colocara sus extremidades como si estuviera atada a la cruz de San Andrés, y así lo hizo.
Cogió un farolillo con una vela y lo colgó de la cadena que pendía de su sexo, tomó un farol mayor y lo colgó de la percha que apresaba sus pezones. Encendió las velas y se alejó unos metros de ella.
Enseguida escuchó los múltiples “clic” de la cámara fotográfica.
Tras cientos de fotos volvió a su lado, la besó en la mejilla y le susurró al oído “tú eres mi faro”. Lágrimas de emoción y alegría surcaban su rostro mientras él retiraba las pinzas.
7 年 前